El G7 evidenció su falta de brújula, unidad y liderazgo

0
19

El teatral y lamentable epílogo de la reunión del Grupo de los Siete (G7) que se desarrollara el último fin de semana en Charlevoix, Canadá, no pareció surgir de un accidente político. Si bien el circunstancial anfitrión del foro, el primer ministro, Justin Trudeau, se equivocó al hablar sobre los desplantes y presiones que recibió del gobierno de Donald Trump en la conferencia de prensa que cerraba la agenda de las deliberaciones, ese gesto sirvió de excusa para alargar la escena y dar cabida a la demencial respuesta del Jefe de la Casa Blanca. Este jugó al ofendido, usó el hecho para sacar la firma de la declaración final de los Siete mandatarios que había sido aprobada por todo el Grupo y se dio el gusto de crear otra pelea de bar. El joven primer ministro de Canadá debería haber sospechado que no era aplicable ni útil aquello de que “con la verdad no ofendo ni temo”.

Ante semejante cuadro, similar a otros vividos durante el ciclo Trump, los seis restantes mandatarios del G7 deberían volver a preguntarse si valió la pena licuar el texto de esta nueva Declaración, al ver la enésima confirmación de que, con los vientos que soplan en Washington, el mundo seguirá atascado en idioteces y con un visible riesgo de guerra comercial, subsecuente recesión y alteraciones políticosociales. Para ello propongo un breve análisis de los párrafos 4 a 6 de la Declaración de Charlevoix. Pero también sugiero tener en cuenta que, a partir del 20 enero de 2017, y en lo que va de 2018, las restantes potencias occidentales derrocharon prudencia, y tragaron toda clase de sapos en el vano intento por convivir racionalmente con el actual Presidente de Estados Unidos.

Casi todo el establishment del Atlántico Norte más el Asia racional o semirracional, incluidos Canadá y México, tardó mucho en aceptar la idea de que Trump sólo obedece las reglas de su discutible intuición y escasa formación general en materia de políticas públicas. De nada sirvió contener la respiración en las reuniones de la OCDE, en las semestrales del Fondo Monetario y el Banco Mundial, en las del G7 y del G20 del año pasado o en la Conferencia Ministerial de Buenos Aires de la OMC, con el infantil deseo de procurar que el ocupante de la Oficina Oval y sus apóstoles olviden sus fantasías mercantilistas y aterricen en el planeta tierra. Era obvio que iban a ser concesiones caras, inútiles y de sustancia.

En primer lugar, está visto que Trump no hizo ningún gesto internacional con resultados positivos. Acabó el primer día de su administración con el Acuerdo Transpacífico (TPP). Aceptó el congelamiento heredado del Acuerdo de Asociación Transatlántica de Comercio e Inversión con la Unión Europea (TTIP en inglés). Puso en riesgo y propone ideas delirantes para reformar y modernizar el NAFTA con Canadá y México. Mantiene en vilo a la OMC, por cuanto está saboteando sus iniciativas e impide normalizar el funcionamiento del órgano de apelación. Tiene a la deriva las relaciones con China, economía con la que tiene en cocina una guerra comercial, aunque el régimen socialista merece algunas de las cosas que están por suceder. Y siguen las firmas.

Pero a no equivocarse. El Washington actual está en lo cierto cuando diagnostica proteccionismo en Europa y en los retorcidos y grandes mercados asiáticos. Sólo desvaría cuando plantea soluciones mercantilistas ya fracasadas a comienzos del Siglo XX e ignora las complejas y necesarias reglas de la política comercial del mundo en que vivimos.

También delira cuando demanda arreglos bilaterales en un mundo globalizado, que funciona mediante eficientes cadenas de valor, que la Casa Blanca y sus apóstoles no parecen entender. También resultaron ejercicios engañosos los efectuados en reuniones tripartitas días atrás, a nivel ministerial, en las que participaron Estados Unidos, la UE y Japón con la finalidad de crear un nuevo Evangelio sobre buenas prácticas en materia de empresas del Estado, reglas de competencia, subsidios industriales y defensa intensiva de la propiedad intelectual para introducir ese modelo en donde quepa y en el foro que sea relevante. Estaban pensando en China y el resto del Asia, pero olvidaron insertar las peleas que genera la doctrina Trump. De hecho, mientras ellos trabajaban en ese menester, la Casa Blanca se descolgaba, sin aviso previo, con las nuevas tarifas del acero y el aluminio, así como las represalias a China (unos 50.000 millones de dólares) que nublaron el firmamento de las naciones aliadas y de los que entienden de economía y de política comercial el que, contra lo que parece, es un oficio que no agrupa a multitudes.

El lenguaje empleado en la Declaración de Charlevoix, leído por gente que entiende de política comercial, es una invitación a licuar o debilitar aún más la OMC. Mientras el Acuerdo de Marrakech (Artículo III:2) supone que esa Organización es él foro (referencial y central de la política comercial, y por lo tanto de aceptación contractual generalizada), el documento que acaba de emitir el G7 de seis Miembros habla, en su párrafo 4, de “un sistema” internacional basado en reglas (o sea le quita el papel centralizador a la OMC hasta ahora definida como “el foro”) y parece decir que, mientras existan reglas, todo da lo mismo. Esta es una concesión a Donald (y quizás no sólo a Donald), por cuanto seguidamente se hace notar las bondades de que existan acuerdos bilaterales, regionales y plurilate
rales consistentes con la OMC, con lo que de hecho se abren múltiples sucursales al proceso de liberalización que, de por sí, ya resulta caótico e inmanejable. En una época, toda Asia y Oceanía saltaban de su silla al escuchar estas herejías, ahora sólo parecen decir “es lo que hay”. Vaya esto por el valor de los principios. Vaya esto por la utilidad que tiene complacer y sedar al ocupante de la Oficina Oval.

El mismo párrafo 4 de la declaración, ahora abandonada en la banquina por Trump, dice que el G7 se compromete a acelerar al máximo la negociación de las reglas sobre justicia comercial (concepto que existe desde 1947 en el viejo GATT), a eliminar las restricciones arancelarias y no arancelarias y los subsidios. Muchachos, les tengo una noticia: las rebajas arancelarias sobre acceso al mercado son propias de las negociaciones de acceso a los mercados (si no lo creen miren la clemencia que pide Estados Unidos para negociar los aranceles de importación aplicables a camiones); las no arancelarias ya son ilegales desde la Ronda Uruguay (se sugiere leer el diario y los acuerdos vigentes) y ver los Acuerdos sobre Subsidios. Sólo falta aplicar con seriedad lo que ya existe en materia de Subsidios a la Exportación y perfeccionarlo, así como acabar con los subsidios de ayuda interna (domestic support) en el ámbito de la agricultura. Lo que tampoco vendría mal es acabar con el exceso de proteccionismo regulatorio, un terreno en el que Washington y Bruselas se odian y aman al mismo tiempo (donde caben las reglas ambientales, climáticas, sanitarias y energéticas de nueva generación, así como la manipulación de normas técnicas). Y de paso el retoque de la referida agenda que ya vienen negociando los tres mercados gigantes antes mencionados.

El párrafo quinto de la declaración está dedicado a poner en caja a nuestros amigos chinos, lo que parece justo, ya que entre sonrisa y amenaza, Pekín incumple sus compromisos en la OMC y dilata, aplicando la tecnología argentina del bicicleteo, su adaptación a la economía de mercado. Sólo falta que Estados Unidos también vuelva a creer en la economía de mercado y que Trump se acerque más a Occidente que a Rusia.

Hubo una época en que Washington creaba foros como el G7 con gran visión y pragmatismo. Sabía darles contenido y dirección. En apariencia esa tecnología se traspapeló en algún despacho.

FUENTE: El Economista

¿Que opinas sobre esta nota?
  • Me interesa
  • Me Gusta
  • No me gusta
  • Me Indigna
  • Me da Igual
  • Me aburre